Las Cuevas del Dragón funcionan como ruta de transición entre Cantharia y Éilerenn. No son todavía una gran mazmorra argumental, pero sí un paso peligroso: túneles húmedos, antiguas marcas de tránsito, minerales brillantes, restos de criaturas dracónicas y caminos usados por comerciantes, contrabandistas y exploradores que prefieren evitar rutas oficiales.

Eva y Maverik avanzan con urgencia. La enfermedad de Jennie impide que el tramo se sienta como exploración tranquila. Cada desvío, cada combate menor y cada obstáculo recuerdan que el tiempo corre en su contra.

Al final de las cuevas, cuando ya están cerca de la salida hacia Glanndraic, una banda de goblins bloquea el paso. Su líder es Kragbolg Rompequijadas, un goblin corpulento, cubierto de chatarra, placas óseas y restos robados a viajeros. No es un gran villano, pero sí un jefe de ruta con suficiente presencia para que el paso hacia Éilerenn no parezca gratuito.

Kragbolg no entiende de antídotos, guerras ni Grant. Solo sabe que el túnel es suyo y que cualquier viajero desesperado paga peor pero comete más errores.

El combate es rápido, físico y algo sucio. Kragbolg usa refuerzos goblin, golpes con maza, trampas improvisadas y derrumbes menores dentro de la cueva. Eva y Maverik lo derrotan y abren el camino hacia Glanndraic.

Acto VI.3 — Glanndraic y Maelor Dúvellan

Al llegar a Glanndraic, Eva se detiene un momento. La ciudad todavía conserva cicatrices recientes. Tres meses atrás estuvo sitiada por Grant, y aunque la corporación se ha retirado, quedan señales de su paso: fachadas dañadas, puestos de control desmontados, gente desconfiada y esa sensación de que una ciudad puede parecer libre sin haber recuperado del todo el aliento.

Eva se pregunta por qué Grant la abandonó. La pregunta queda sin respuesta inmediata, pero sirve para reforzar una idea: Grant no actúa como un ejército tradicional. Ocupa, mide, saquea, prueba, se retira y deja tras de sí más preguntas que cadáveres visibles.

Eva y Maverik van a la casa del responsable local, Maelor Dúvellan, custodio civil de Glanndraic y una de las pocas autoridades éileras que todavía conserva algo parecido a legitimidad. Maelor no tiene el aire de un alcalde corriente. Es un hombre solemne, envejecido antes de tiempo, vestido con ropas oscuras y discretas, con el porte cansado de alguien que administra ruinas mientras otros siguen fingiendo que gobiernan un reino.

Les explican la situación de Jennie, la búsqueda de la Triaca Pelágica y la necesidad de cruzar el Camino del Wyvern hacia el Antiguo Castillo de Éilerenn. Maelor escucha sin interrumpir. Después les dice que, aproximadamente media hora antes, un chico rubio pasó por allí preguntando lo mismo. Steve no pidió permiso de forma correcta. Siguió adelante, y Eva se alarma. Maelor no parece sorprendido. Dice que Steve tenía cara de alguien que habría cruzado igual aunque le hubieran puesto una muralla delante.

Aun así, duda antes de dejar pasar a Eva y Maverik. El Camino del Wyvern no es una ruta turística. Cruza zonas peligrosas, bordea la Arboleda salvaje y conduce hacia un castillo que no es solo una ruina maldita, sino una vergüenza histórica de Éilerenn. Eva pregunta por qué el Antiguo Castillo tiene tanta importancia. Maelor no responde con una leyenda de taberna. Responde con la voz de alguien que lleva toda la vida pronunciando una verdad que su propio país preferiría no escuchar.

La caída de Éilerenn

Maelor explica que la caída de Éilerenn no fue una derrota repentina, ni una invasión, ni una noche de fuego. Fue una decadencia larga, educada y casi silenciosa.

Durante siglos, Éilerenn fue una nación boscosa, antigua y orgullosa. Sus castillos no eran simples fortalezas, sino símbolos de custodia. Sus linajes no gobernaban únicamente tierras: custodiaban pactos, ritos, caminos antiguos, capillas funerarias, nombres de familias, acuerdos con pueblos semihumanos y formas de magia que otros países habrían destruido por ignorancia o codicia.

En su edad dorada, Éilerenn actuó como guardián del norte de Bashfelor. Mientras Cantharia levantaba academias, puertos y administraciones modernas, Éilerenn siguió mirando hacia sus bosques como si en ellos estuviera la respuesta a cualquier siglo venidero. Al principio, esa fidelidad fue una fuerza. Después se convirtió en una jaula.

Maelor cuenta que Éilerenn no cayó porque el mundo moderno lo aplastara de golpe. Cayó porque dejó de distinguir entre memoria y parálisis. Las familias nobles defendían ceremonias cuyo sentido se había perdido, sostenían prohibiciones que ya nadie sabía explicar y mantenían una estructura política pensada para un reino más poblado, más rico y más respetado.

Mientras otros países reformaban ejércitos, abrían rutas comerciales o aprendían a negociar con la magia desde posiciones nuevas, Éilerenn siguió actuando como si bastara con resistir. Pero resistir no es lo mismo que vivir.

La primera gran herida fue espiritual. Ciertos linajes éileros y clanes del bosque intentaron dominar el poder de Sabbath, el Eidolon de la muerte, para proteger a los suyos. No lo hicieron por simple maldad, sino por miedo: miedo a la enfermedad, a la extinción, a la pérdida de territorio y a que el mundo moderno los devorase. De aquella profanación nació el Cuchillo Óseo.

También nació una maldición que no mató de golpe a los hombres bestia, sino que apagó lentamente su futuro. Maelor mira entonces hacia la ventana, hacia la masa oscura de la Arboleda salvaje. Dice que aquel fue el verdadero presagio de la caída de Éilerenn: el reino empezó a romper sus propios pactos en nombre de conservarlos.

Con el paso de las generaciones, los bosques se volvieron más cerrados. Los pueblos semihumanos desaparecieron o se replegaron. Las rutas de montaña se deterioraron. Los viejos pasos hacia Cantharia quedaron en manos de contrabandistas, peregrinos y patrullas mal pagadas.

El Antiguo Castillo de Éilerenn, antes centro de poder y símbolo de legitimidad, acabó convertido en un lugar imposible de asumir: demasiado sagrado para derribarlo, demasiado maldito para habitarlo, demasiado importante para admitir que ya nadie sabía qué custodiaba.

La capital efectiva se desplazó a Glanndraic. Pero Glanndraic no heredó una edad dorada. Heredó una supervivencia cansada: tejados húmedos, mercados pobres, madera vieja, campanas cubiertas de musgo y una nobleza que seguía hablando como si administrase un reino entero cuando apenas administraba una herida.

Entonces llegó Grant. Y Grant no encontró un reino puro resistiendo heroicamente al progreso. Encontró algo mucho más vulnerable: un país empobrecido, orgulloso, despoblado y necesitado de dinero, pero incapaz de admitir su necesidad sin envolverse en palabras nobles. Grant ofreció restauración patrimonial, ayuda médica, investigación histórica, protección de ruinas y acuerdos discretos para “preservar” el Antiguo Castillo.

Era mentira. Pero era una mentira brillante, bien redactada y con suficientes sellos oficiales como para que todo el mundo pudiera fingir que no lo era. Para Grant, Éilerenn era perfecto: ruinas antiguas, baja población, instituciones débiles, bosques donde esconder instalaciones y una clase dirigente dispuesta a vender acceso siempre que el contrato no usara la palabra vender.

El Antiguo Castillo se convirtió en laboratorio porque Éilerenn ya había dejado de entenderlo como responsabilidad. Lo seguía llamando patrimonio, pero lo trataba como carga.

Maelor resume la humillación en una frase seca: «Grant no conquistó el castillo. Lo arrendó.»

Allí instalaron salas de observación, cámaras ocultas, archivos sellados y laboratorios bajo piedra antigua. Los pasillos nobles se llenaron de cables. Las criptas se convirtieron en almacenes. Las puertas que quizá habían sido construidas para custodiar magia auténtica empezaron a abrirse ante sujetos de prueba. Eva entiende entonces que el viaje a Éilerenn no será una simple búsqueda de antídoto. El veneno de Jennie los ha llevado hasta una nación que no fue destruida por una batalla, sino por no saber qué parte de su pasado merecía salvarse y qué parte debía dejar de mandar sobre los vivos.

Maelor no sabe si en el Antiguo Castillo quedan reservas de Triaca Pelágica. Pero sí sabe que Grant tuvo acceso a sus cámaras antiguas. Si alguien ha removido archivos médicos, laboratorios viejos o reservas olvidadas, habrá sido allí. Eva pregunta entonces por qué ha dejado pasar a Steve.

Maelor responde con sequedad: «No lo dejó pasar. Steve fue solo.»

La conversación se cierra. Eva decide ir a buscarlo. Maverik la sigue. Entonces entra Bradford Antiques.

Bradford y el Cuchillo Óseo

Bradford aparece con el aire exacto de quien intenta parecer inocente después de haber hecho algo estúpido. Tiene el pelo azul, una sonrisa rápida y la clase de mirada que pide perdón mientras calcula por dónde escapar. Su presencia activa una escena distinta según lo ocurrido al comienzo del juego.

Variante A — Si Maverik completó “El robo de la Taberna Galerna”

Si Maverik sorprendió a Bradford y Ljocy robando en la Taberna Galerna, el Cuchillo Óseo lleva en posesión del grupo desde los primeros compases de la aventura.

Bradford lo reconoce casi de inmediato. No lo reclama con violencia, pero su expresión cambia por completo. La daga que en Kantandech parecía solo una rareza robada se revela ahora como algo mucho más importante. Bradford le dice a Maelor que el Cuchillo Óseo está localizado y, por ahora, asegurado. Maelor se tensa al oírlo.

Para él, esa reliquia no debería estar en manos de nadie. Ni de Bradford, ni de Maverik, ni de un ladrón, ni de una academia. El Cuchillo Óseo no es un simple arma antigua: es un resto de la profanación de Sabbath, una prueba de que Éilerenn rompió un pacto que jamás debió tocar.

Bradford intenta quitarle peso al asunto, pero no puede fingir del todo. Dice que, si el grupo va hacia el Camino del Wyvern, él irá con ellos. Necesita recuperar formalmente el Cuchillo Óseo antes de que alguien más lo use sin saber qué lleva encima.

Maelor acepta a regañadientes. Le ordena acompañar a Eva y Maverik, vigilar el arma y asegurarse de que no se pierda en la Arboleda salvaje.

Variante B — Si Maverik no completó “El robo de la Taberna Galerna”

Si Maverik no intervino en el robo de la Taberna Galerna, Bradford llega alterado y admite que ha perdido el Cuchillo Óseo. Maelor se enfada de inmediato.

Lo llama ladrón estúpido y le exige saber dónde está la reliquia. Bradford intenta defenderse, pero acaba confesando que Ljocy se la ha robado y ha huido en dirección al Camino del Wyvern.

La reacción de Maelor es mucho más grave de lo que Eva esperaba. No se enfada por un simple robo, sino porque el Cuchillo Óseo está vinculado a una herida antigua de Éilerenn, a Sabbath y a la maldición que condenó lentamente a los hombres bestia.

Maelor ordena a Bradford recuperarlo. Bradford intenta prometer que lo hará solo, pero Eva y Maverik ya tienen que cruzar la misma ruta para alcanzar el Antiguo Castillo. La solución se impone por sí misma: Bradford los acompañará, recuperará el Cuchillo Óseo y les ayudará a atravesar la Arboleda salvaje. Maelor acepta, aunque deja claro que no se fía de él.

Bradford Antiques

En cualquiera de las dos variantes, Bradford se une al trayecto con una mezcla de utilidad y descaro. Eva le pregunta por qué insiste en ir con ellos si apenas los conoce. Bradford contesta que por su belleza. Maverik se mosquea.

Eva, agotada pero todavía capaz de notar ese gesto, le dice que no se preocupe, que no quiere nada con Bradford. La frase tiene un punto cómico, pero también sirve para recomponer mínimamente la tensión de la noche anterior. Eva sigue dolida, pero no quiere que todo entre ellos se convierta en un malentendido constante.

Bradford se ríe, aunque enseguida deja claro que no es solo un bufón. Conoce caminos, nombres viejos, rumores de ruinas y rutas que no aparecen en los mapas académicos. Puede ser ladrón, sí, pero no es inútil. El grupo atraviesa la cueva de paso hacia el Camino del Wyvern. Al salir, se encuentran frente a un bosque profundo.