Localizaciones: Academia Bronsbury / Alcantia / Cuevas del Dragón / Glanndraic / Camino del Wyvern / Arboleda salvaje / Antiguo Castillo de Éilerenn Jefes del acto: Kragbolg Rompequijadas / guardianes menores del Antiguo Castillo de Éilerenn Personajes principales: Maverik Windrider, Steve Howell, Eva Lucita Ranley, Jennie / Jennifer Aeson, Douglas, Bradford Antiques, Carmen la Grande y la chica morena Objetivo: salvar a Jennie, abrir el frente de Éilerenn, presentar a Bradford y Carmen, reforzar el misterio de la chica morena y conducir al grupo hasta el Antiguo Castillo de Éilerenn.

El regreso a Bronsbury no trae descanso: tras abandonar Isla Yuhán, el grupo vuelve a la academia con una mezcla de agotamiento, culpa y urgencia. La misión ha sido certificada como cumplida, pero todos saben que el resultado real ha sido un desastre: Grant ha emitido la declaración de guerra hacia Ferklin, Gasón ha sido capturado por Seferis y Jennie sigue enferma por el veneno del Abisalón.

Nada más llegar, Jennie es ingresada en el área médica de Bronsbury. Los médicos detectan que la toxina no era una simple infección marina. El Abisalón le ha dejado dentro del cuerpo un parásito tóxico, una larva abisal diminuta que no ha terminado de desarrollarse, pero que ha seguido liberando veneno en su sangre durante el viaje. La operación para extirparlo se realiza de inmediato.

Steve se queda destrozado al enterarse. No puede soportar la idea de que no se dieran cuenta en el barco. Había estado sentado junto a Jennie, hablándole, intentando animarla, creyendo que bastaba con vigilar la fiebre. Eva rompe a llorar, superada por la culpa acumulada desde Yuhán. Maverik permanece inmóvil, incapaz de hacer algo útil. Su silencio, que otras veces parece calma, aquí se lee casi como impotencia.

Pasan las horas. Finalmente, el médico sale del quirófano. La intervención ha sido un éxito: el parásito ha sido extraído y no ha dejado daños permanentes en los órganos de Jennie. Pero el veneno ya está extendido por su cuerpo. Necesitan un antídoto específico, una fórmula antigua que ya no se fabrica porque la criatura que la originó prácticamente desapareció de las rutas marítimas modernas. Steve insiste hasta que el médico deja de hablar en términos vagos.

El remedio se llamaba Triaca Pelágica. En otros tiempos se usaba contra venenos de cefalópodos abisales, cuando criaturas parecidas al Abisalón eran más comunes en las aguas antiguas de Éilerenn. Ya no hay producción moderna, pero podrían quedar reservas en archivos médicos, laboratorios viejos o cámaras de emergencia del Antiguo Castillo de Éilerenn. La noticia cae sobre el grupo como una orden no dicha.

Tienen que ir a Éilerenn.

Pero Steve, sorprendentemente, no sale corriendo de inmediato. Dice que será mejor descansar un rato antes de ponerse en marcha. Lleva demasiadas horas sin dormir, demasiado miedo encima y demasiada rabia mal colocada. Se va a su habitación.

Maverik y Eva se quedan en el pasillo, junto al área médica. Eva ya no llora, pero está destrozada. Le pide a Maverik si puede quedarse un rato en su cuarto. No quiere volver sola al suyo ni al de Jennie. Todo le recuerda a la fiebre, al barco, a la decisión de seguir adelante y a la posibilidad de perder a su amiga por haber llegado tarde. Maverik acepta.

Eva, Maverik y la chica morena

En el cuarto de Maverik, Eva intenta recomponerse hablando. Le cuenta cosas de su infancia con Jennie: discusiones absurdas, promesas de niñas, bromas de Bronsbury, tardes en Kantandech y esa clase de recuerdos que uno invoca cuando tiene miedo de que alguien querido deje de formar parte del futuro. Dice que encontrarán el antídoto. Que irán al Antiguo Castillo de Éilerenn, registrarán lo que haga falta y traerán la Triaca Pelágica a tiempo. Lo dice para convencer a Maverik, pero también para convencerse a sí misma.

Entre esas palabras, impulsada por el cansancio, el miedo y la necesidad de agarrarse a algo vivo, Eva intenta besar a Maverik. Pero Maverik no la está mirando, está mirando fijamente hacia la ventana. Eva se da cuenta demasiado tarde. Al otro lado del cristal, entre la oscuridad exterior y el reflejo de la habitación, hay una chica de pelo moreno observándolos.

Es la misma presencia que Eva ha visto desde la excursión, desde Yuhán y desde el barco: una muchacha silenciosa, pálida, inquieta, como si quisiera acercarse a Maverik y al mismo tiempo le aterrara hacerlo. Pero esta vez se ve peor. No parece una persona escondida fuera de la habitación. Parece una imagen superpuesta al mundo, una silueta mal anclada, hecha de luz débil, sombra y respiración contenida.

Eva se siente humillada, no solo porque Maverik no ha respondido a su gesto, sino porque él ha visto a la chica y no se lo ha dicho. Le da una bofetada. No por celos simples, sino por acumulación: Jennie enferma, Gasón capturado, Yuhán perdida, la distancia emocional de Maverik y esa muchacha imposible apareciendo siempre alrededor de él.

Eva sale llorando de la habitación, pero Maverik no sabe detenerla. En lugar de seguirla, abre la ventana. La chica morena retrocede, asustada, aunque sus pies no pisan del todo el suelo. Su figura parpadea con pequeñas interferencias, como si alguien la estuviera llamando desde muy lejos. Mira a Maverik como si lo reconociera y lo temiera a la vez. Sus palabras salen rotas, cargadas de una mezcla de pánico, memoria implantada y dolor propio:

—Tú... tú quieres robarme mis poderes, ¿verdad? Todos sois iguales... todos los amigos del elegido solo queréis mis poderes... Pues no los tendréis.

La chica empieza a brillar. La energía que la rodea no parece magia convencional. Tampoco se parece a la presencia de Zephradon ni a la oscuridad de Valkhar. Es algo más artificial, más inestable, como si una persona estuviera proyectando una parte de sí misma sin entender cómo ni por qué. Maverik se acerca. Al hacerlo, la habitación cambia durante un instante.

No físicamente, no del todo. Pero la pared, la ventana y el patio exterior se cubren de una imagen fugaz: un pasillo antiguo, piedra húmeda, cables sobre tapices viejos, cápsulas de cristal, una puerta con emblemas éileros medio arrancados y una luz blanca de laboratorio filtrándose por debajo de un arco noble.

Maverik ve el Antiguo Castillo de Éilerenn. Ve una camilla. Ve una mano pequeña golpeando un cristal desde dentro. Después la visión se rompe. La chica se lleva las manos a la cabeza, como si oyera voces que no pertenecen a la habitación. Su brillo se vuelve irregular. Ya no amenaza a Maverik. Ahora parece estar intentando recordar para qué había venido.

Murmura frases inconexas, pero algunas palabras atraviesan el ruido con claridad:

—Salva... hija... castillo... Éilerenn... elegido...

Maverik intenta preguntarle quién es.

La chica lo mira con una tristeza extraña, como si esa pregunta fuera precisamente lo que más miedo le da responder.

—No sé si soy ella —susurra—. No sé si soy nadie.

Su figura empieza a desvanecerse. Antes de desaparecer por completo, extiende una mano hacia Maverik, pero no llega a tocarlo. En su muñeca, durante una fracción de segundo, se ve una marca de sujeción: no una cadena, sino la huella de un dispositivo médico o arcano. Después se va. Eva, que no se había ido del todo, lo ha visto desde el pasillo. La rabia se convierte en miedo. Corre hacia Maverik y se disculpa, aunque la escena entre ambos sigue rota. Ninguno de los dos sabe explicar lo que acaba de ocurrir, pero ambos entienden lo esencial: la chica morena no estaba espiando como una intrusa normal. Era una proyección, un eco astral, quizá una parte de alguien encerrado en otro lugar.

Y ese lugar es el Antiguo Castillo de Éilerenn. Maverik no sabe todavía su nombre. Eva tampoco. Pero el jugador debe empezar a entender que la muchacha no persigue a Maverik por voluntad propia. Está escapando a ratos de algo que la retiene, y cada aparición alrededor de él no es una amenaza, sino una llamada deformada por miedo. La búsqueda de la Triaca Pelágica deja de ser la única razón para viajar a Éilerenn. Jennie necesita el antídoto. Steve ha ido solo. Y en algún lugar del Antiguo Castillo, una chica morena está intentando pedir ayuda sin recordar del todo quién es.

La nota de Steve

Eva y Maverik van a buscar a Steve para contarle lo ocurrido y preparar la salida. Pero en su habitación solo encuentran una nota. Steve se ha ido solo. La nota es breve, escrita con prisa y con una tensión poco habitual en él:

Jennie está en peligro. Le quedan tres días de vida si no encuentro el antídoto. Si queréis seguirme, id por las Cuevas del Dragón hasta Glanndraic y pedid al jefe de la aldea que os deje pasar por el Camino del Wyvern.

La decisión de Steve no es heroica en sentido limpio. Es impulsiva, desesperada y coherente con él. No soporta quedarse esperando mientras Jennie se consume en una cama. No quiere discutir con Maverik sobre prioridades. No quiere que nadie le diga otra vez que la misión es más importante. Esta vez, para Steve, la misión es Jennie. Eva decide ponerse en marcha de inmediato. Maverik la acompaña. Ambos parten hacia las Cuevas del Dragón, situadas al oeste de Bronsbury, con la intención de alcanzar Glanndraic y seguir el rastro de Steve hacia Éilerenn.