Pirexa es una isla de roca negra, humo bajo y costas cortadas por acantilados. No tiene el verdor húmedo de Éilerenn ni la vida costera de Yuhán. Aquí todo parece definido por calor, ceniza, viento seco y piedra volcánica. El suelo cruje bajo las botas. En algunas grietas brillan líneas rojas, no siempre de lava abierta, sino de calor mineral acumulado.
El mar alrededor tiene un color oscuro, como si la ceniza llevara siglos disolviéndose en las olas.
No hay pueblo visible.
No hay puerto estable.
Solo restos de antiguos embarcaderos de piedra, columnas derrumbadas y señales de que, en otra época, alguien venía aquí por motivos que no eran comerciales.
Carmen se siente incómoda desde el primer momento. No hay árboles. No hay raíces. No hay sombra viva. Para alguien criada entre la Arboleda salvaje, Pirexa parece un mundo sin piel.
Bradford, en cambio, intenta fingir que el calor no le afecta. Fracasa en menos de cinco minutos.
Damian se concentra en las lecturas del mineral. El sílico no está en la superficie. Hay trazas en varias zonas, pero la veta útil se encuentra bajo la isla, en una cueva asociada al antiguo templo.
Antes de entrar en la cueva, sin embargo, deben atravesar el Templo del Fuego.
No es una opción.
La ruta minera pasa por él.
Y el templo sigue despierto.
Conversaciones en la ruta volcánica
El camino hacia el templo permite que Bradford y Carmen empiecen a ocupar espacio como personajes del grupo.
Bradford habla de ruinas con una ligereza que a Carmen le irrita. Para él, toda ruina contiene tres cosas: una historia que alguien exageró, una trampa que alguien olvidó desactivar y algo valioso que alguien va a decir que no deberías tocar. Carmen le responde que esa forma de pensar es exactamente la diferencia entre un explorador y un saqueador.
Bradford no se ofende. Dice que la diferencia suele escribirla quien llega primero con un sello oficial.
Carmen le recuerda que Grant también llegó a su arboleda con sellos oficiales.
La frase lo calla.
Más adelante, Bradford admite que durante años robó objetos antiguos sin pensar demasiado en quién los había perdido o qué significaban. El Cuchillo Óseo fue distinto. Al principio lo vio como una pieza rara, peligrosa y vendible. Después comprendió que no era un tesoro, sino una consecuencia.
Carmen le dice que entenderlo no borra nada.
Bradford responde que no, pero quizá evita que robe lo siguiente con la misma estupidez.
Maverik escucha sin intervenir. Damian camina unos pasos por delante, aparentemente ajeno, pero no del todo. El conflicto entre custodiar, robar, estudiar y explotar atraviesa todo Tailath. Bronsbury, Éilerenn, Grant, Bradford, incluso Damian: todos han tocado cosas que no entendían. La diferencia está en si uno acepta responsabilidad después.
Carmen, por su parte, se muestra más abierta que en la Arboleda salvaje. No más suave, pero sí más clara. Dice que nunca quiso salir de su bosque. No porque fuera feliz allí, sino porque era el último lugar donde su pueblo todavía parecía haber existido. Al abandonar la arboleda para unirse al grupo, siente que traiciona a los muertos.
Bradford le pregunta si quedarse habría cambiado algo.
Carmen responde que no.
Y eso es precisamente lo que más le duele.