Con Nikolai expulsado de la Refinería y los sistemas estabilizados, Ciudad Bujía queda a salvo por el momento. Los mercenarios de Grant se retiran de varios distritos, incapaces de mantener la operación sin el control del núcleo energético. Los habitantes celebran sin demasiada solemnidad: reparando tuberías, apagando incendios, discutiendo sobre daños materiales y acusándose unos a otros de haber instalado mal piezas que nunca debieron existir.
La ciudad no parece victoriosa en sentido clásico.
Parece viva.
Eso basta.
Parice prepara sus herramientas, cierra tres discusiones a la vez, deja encargos a otros técnicos y se une oficialmente al grupo. No lo plantea como acto heroico, sino como una decisión científica inevitable: la Náyade, la Vesper, Grant, el Pilar Negado y la tecnología antigua forman un problema demasiado interesante para dejarlo en manos de militares, corporaciones o gente que confunde “no tocar” con “no entender”.
Antes de partir, el grupo contacta con Damian. La ruta aérea con la Vesper no ha bastado para acceder directamente a Begonia, pero sí ha confirmado que el frente de Ferklin está más bloqueado de lo previsto. Hay interferencias, patrullas, señales falsas y movimientos de Grant escondidos dentro de los dos ejércitos.
La vía de Ciudad Bujía se vuelve aún más importante.
Parice asegura que desde la Isla de la Estrella pueden conseguir mapas, transporte y acceso técnico a rutas que bordean las defensas naturales de Begonia. Pero no será inmediato. La guerra ya ha cambiado las condiciones de navegación, comercio y tránsito.
El acto termina con una certeza incómoda:
la guerra de Ferklin no es un frente separado de la historia principal.
Es la consecuencia directa de todo lo que Grant ha estado haciendo.
Y mientras Begonia y Masthann se destruyen creyendo defenderse, Grant reúne las piezas para abrir caminos que el mundo moderno había olvidado cerrar.