Maverik despierta en un lugar completamente diferente. El suelo ya no es piedra noble, sino rejilla metálica. Bajo sus pies hay oscuridad, tuberías, agua estancada y destellos de luces rojas. Las paredes están cubiertas de mugre, cables, moho y restos de pintura antigua. No hay puerta visible detrás de él. El castillo parece haberlo tragado y escupido en una versión subterránea de sí mismo.
No sabe dónde están Eva, Steve ni Damian. La exploración se vuelve más opresiva y solitaria. Algunas puertas están selladas por sistemas de Grant. Otras directamente han desaparecido, sustituidas por muros húmedos o por pasillos que no deberían caber bajo el castillo. La arquitectura antigua y el laboratorio moderno se mezclan de forma enfermiza: arcos góticos atravesados por tubos, celdas convertidas en cámaras de observación, criptas iluminadas por luces quirúrgicas.
Maverik avanza guiado por el sonido de unas sirenas lejanas. Entonces oye un llanto. Al principio piensa que puede ser Eva. Sigue el sonido a través de un corredor estrecho, cruza una sala de contención abandonada y llega a una habitación contigua. Allí encuentra un laboratorio.
El laboratorio de crecimiento
La sala está llena de ordenadores, monitores apagados, camastros con correas, tubos empotrados en las paredes, depósitos rotos y cápsulas de cristal vacías. Algunas tienen nombres o códigos raspados. Otras conservan restos de fluido translúcido. En una pared, alguien ha escrito varias veces una palabra con pintura, marcador industrial o arañazos desesperados:
SHEENA.
Maverik recuerda entonces las palabras de la chica morena: Salva. Hija. Castillo. Éilerenn. Elegido. Debajo de una mesa, escondida entre cables y mantas médicas, hay una chica. Es la chica morena. Pero no exactamente. Maverik la ayuda a salir y se da cuenta de que está desnuda, cubierta apenas por restos de gel de crecimiento y una sábana médica rasgada. La escena no debe tratarse con morbo, sino con vulnerabilidad absoluta: acaba de salir de una cápsula, no entiende su propio cuerpo del todo y está aterrada.
Maverik busca ropa en la sala: una bata de laboratorio, prendas de paciente, una chaqueta abandonada. Le da lo que encuentra y se gira mientras ella se cubre. La chica le dice que ha nacido hace unas horas. La frase desconcierta a Maverik. Ella tampoco sabe explicarla bien. Tiene recuerdos que no parecen suyos, palabras que entiende sin haberlas aprendido y miedo a cosas que no ha vivido. Sabe que alguien la llamaba sujeto. Sabe que otros cuerpos no despertaron. Sabe que la estaban esperando. Y sabe que Maverik emite una energía diferente, parecida a la suya, aunque no igual.
Le pide que mire los ordenadores. Maverik activa los terminales que todavía funcionan. Los archivos están dañados, incompletos o bloqueados por claves que no tiene. No revelan el propósito completo del laboratorio. No dicen quién era la chica original, ni por qué Grant la necesitaba, ni qué significa realmente la palabra escrita en la pared. Pero bastan para entender una parte de la atrocidad. Grant creó cuerpos en cámaras de crecimiento. Algunos no despertaron. Otros despertaron mal. Otros fueron retirados antes de completar el proceso.
La chica morena que se aparecía a Maverik no era exactamente esta muchacha caminando por el mundo. Era una proyección astral, una fuga de conciencia generada durante el crecimiento acelerado. Antes de despertar físicamente, su mente ya se estaba formando a pedazos dentro de la cápsula. La resonancia de la Stygma de Maverik le ofrecía un punto de anclaje, alguien parecido a ella en términos de energía. Por eso lo buscaba. Por eso lo temía.
No sabía si estaba pidiendo ayuda o huyendo. Quizá hacía ambas cosas. El terminal indica que el cuerpo actual ha sido llevado a una edad biológica aproximada de dieciocho años mediante crecimiento rápido. La maduración física no se corresponde con una experiencia vital real. Su mente contiene lenguaje, impulsos y conocimiento fragmentario, pero no una vida completa.
Maverik busca entre los refrigeradores médicos. Encuentra varias muestras degradadas, compuestos inútiles y, finalmente, una dosis sellada de Triaca Pelágica. No sabe si bastará, pero es la primera esperanza real para Jennie desde que llegaron al castillo. La chica observa la palabra escrita en la pared.
SHEENA.
Dice que no sabe si es un nombre, un código o una burla. Maverik le pregunta cómo quiere llamarse. Ella lo mira, todavía temblando. Dice que, si ese nombre la ha seguido hasta despertar, puede empezar por ahí. Sheena. A Maverik le parece bien.
Sheena
Sheena empieza a hacer preguntas. Demasiadas. Qué es un castillo. Qué es Bronsbury. Qué es Grant. Por qué tiene frío. Por qué sabe leer si no recuerda haber aprendido. Por qué algunos recuerdos duelen si no son suyos. Por qué Maverik no habla más. Por qué la palabra “Sheena” aparece escrita tantas veces en la sala. Por qué en sus proyecciones decía “hija” si no recuerda tener madre. Maverik no tiene respuesta para casi nada. Le dice que lo primero es salir de allí.
La relación entre ambos no nace como romance ni como destino limpio, sino como protección inmediata. Maverik encuentra a alguien más perdido que él dentro de una maquinaria que también lo ha estado persiguiendo desde el principio. Sheena, por su parte, no entiende el mundo, pero entiende una cosa: Maverik no la mira como un recurso. Eso basta para seguirlo. Intentan volver por el camino por el que Maverik entró, pero el castillo inferior ha cambiado. Las puertas se cierran, las sirenas aumentan y una ruta que antes existía termina en una sala sin salida. Sheena se agarra a Maverik. Algo se mueve bajo la rejilla.
Agasthodeus
De las profundidades del laboratorio emerge Agasthodeus, una horrible mutación nacida de los fallos de las cámaras de crecimiento.
No es un monstruo creado para la guerra. Es algo peor: un residuo vivo, un cuerpo que no debió despertar, una mezcla de tejidos acelerados, magia mal fijada, instrumental roto y rabia sin lenguaje. Su forma apenas se mantiene estable. Tiene restos humanos, placas orgánicas, cables incrustados y un brillo arcano enfermo bajo la piel.
Agasthodeus no odia a Maverik ni a Sheena de forma consciente. Sufre. Y ataca porque sufrir es lo único que sabe hacer. La batalla no debe ser extremadamente difícil en términos jugables, porque su función principal es presentar los poderes de Sheena. Ella no sabe pelear, pero su magia responde con una potencia natural que asusta incluso a Maverik. Lanza descargas de energía pura, barreras instintivas y estallidos de luz oscura que no parecen aprendidos, sino recordados por el cuerpo.
Maverik contiene a la criatura el tiempo suficiente para que Sheena actúe. Sheena, aterrada, libera una oleada de magia auténtica. Agasthodeus se deshace sobre la rejilla, no como un enemigo derrotado con gloria, sino como un error que por fin deja de moverse. La sala queda en silencio, salvo por las sirenas y el goteo de los tubos rotos.
Sheena mira sus propias manos. No está orgullosa, está horrorizada. Maverik intenta acercarse, pero el laboratorio empieza a desdibujarse. Las paredes pierden consistencia, las luces se estiran, los terminales se duplican y el suelo parece inclinarse hacia ninguna parte. La muerte de Agasthodeus ha roto algo en la capa inferior del castillo, o quizá ha liberado una energía que mantenía estable esa zona.
Maverik guarda la dosis de Triaca Pelágica. Sheena intenta decir algo, pero la voz se le corta. Todo se vuelve borroso. Los dos caen inconscientes.
El acto termina con el Antiguo Castillo de Éilerenn cerrándose sobre ellos, mientras en algún lugar del edificio Eva sigue desaparecida, Steve continúa poseído por voces que no le pertenecen y Jennie espera un antídoto que quizá llegue demasiado tarde.