Eva y Maverik salen de la Arboleda salvaje por el extremo occidental y llegan por fin al Antiguo Castillo de Éilerenn. El edificio se alza como una herida nobiliaria en mitad de una tierra cansada: torres erosionadas, ventanales oscuros, muros cubiertos de vegetación y restos de antiguos emblemas casi borrados por el tiempo. No flota ni ruge como Nuberia. Su amenaza es más silenciosa. Parece un lugar que lleva siglos esperando a que alguien abra la puerta equivocada.
En las inmediaciones encuentran señales recientes: huellas de Steve, restos de una pelea menor y marcas que no pertenecen a criaturas del bosque. También hay indicios de tecnología moderna ocultos entre piedras antiguas: cables enterrados, fragmentos metálicos, sensores apagados y rastros que sugieren una presencia de Grant.
Eso cambia la naturaleza del castillo. Tal vez no está maldito solo por una leyenda. Tal vez alguien ha estado usando esa leyenda como cobertura. Antes de entrar, Eva vuelve a pensar en la chica morena y en sus palabras fragmentadas:
Salva. Hija. Castillo. Éilerenn. Elegido.
La llamada ya no parece una visión aislada. Parece una petición de auxilio atrapada entre magia, miedo y manipulación. Maverik cruza la entrada sin decir nada. Eva lo sigue.
Dentro del Antiguo Castillo de Éilerenn les esperan el antídoto de Jennie, el rastro de Steve, los restos de una maldición antigua y la verdad sobre la chica morena que Grant ha estado empujando hacia Maverik desde las sombras.